sábado, 17 de mayo de 2014

Tempus fugit. Memento mori.



Se miró al espejo. Entre polvos y grietas observó lo que parecía su imagen.
Un reflejo de lo que era su rostro. Lo contempló unos segundos extrañado, agitó la cabeza y volvió a centrar sus ojos en el espejo. 
Se escandalizó, aquél no podía ser él.
¿Acaso se había equivocado de espejo, O tal vez por despiste, el reflejo se habría confundido de espejo?
Ese hombre no se correspondía con lo que él recordaba ser.
Se apartó rápido y se sentó sobre su cama.
 Suspiró mientras intentaba calmar sus nervios.
Levantó sus manos y las acercó hacia su campo de visión.
Aquellas manos,¡¡ tampoco se correspondían con las suyas!!
Rapidamente subió sus piernas a la cama para  así poder remangar aquellos pantalones  que le impedían contemplarlas. Tras varios intentos fracasados por un fuerte dolor lumbar, pudo realizar el fin cometido.
Se quedó petrificado ante la imagen que se le presentaba.
Ahora sí que sí, aquello debía ser una broma! Esas no eran sus piernas!!
¿Qué demonios pasaba?
Ni su cara, ni sus manos ni aquellas piernas que contemplaba eran las que su memoria guardaba.
 Todo estaba sumamente arrugado y viejo, era como si hubiese olvidado su cuerpo en un baño caliente y lo hubiese recogido tras años de calendario. Volvió al espejo del que había huido hace un rato y se asomó tímidamente. En efecto, nada había cambiado con respecto a antes. El reflejo era el mismo, un rostro consumido por los años, desgastado y agrietado.
Levantó sus dedos hacia aquellas arrugas y las acarició suavemente. Podía notarlas con la yema de sus dedos una a una. Luego reparó en el brillo de aquellos ojos, eran dos ojos ahogados en la niebla. Translucidos a la luz, fríos y sin apenas vida. Como cuando una bombilla comienza a apagarse, así eran esas dos bolas redondas.
Era un rostro muy triste, se dijo para sus adentros.
Caminó despacio por la habitación hasta que sintió la gran necesidad de sentarse. Le dolían todos los huesos del cuerpo, era imposible permanecer un minuto más aguantando todo aquel peso.
Se sentó pensativo y divagante. ¿Qué había ocurrido? ¿En qué momento había pasado tan rápido el tiempo?  Se le había escapado entre sus manos como un suspiro y no se había percatado lo más mínimo.
Había dejado tantas cosas por hacer, cosas a las que ya no podía enfrentarse, ahora era demasiado tarde. Maldita sea! Tendría que haber ajustado una alarma, o tal vez, haberle pedido a alguien que le avisase de que su tiempo se esfumaba. Pero lo único que había hecho por todo este tiempo había sido hibernar en su pasividad.
Ausencia, ausencia y más ausencia.
Caminó hacia aquél espejo y se paró sólido ante él.
Sintió como aquél objeto se comunicaba con él. Sintió que le decía:
Ahora ya, es demasiado tarde.

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